Pedagocracia actual. La fiebre de diagnosticar niños técnica y masivamente sin mirar al ser humano

Hoy les traigo un extracto de una investigación maravillosa extraída del libro “Niños difíciles, No existe tal cosa” de Henning Köhler donde se informa a los padres y se les solicita confiar también en sus hijos y no solo en los “expertos” en esta epoca donde los niños se diagnostican deliberadamente en la mayoría de los casos por personas que apenas tienen conocimientos especializados o cuyos métodos son tan elementales que difícilmente puedan ser correctos y adecuados empeorando en muchos casos aún mas la situación particular del niño y la familia. Explica como en muchos casos los supuestos “sintomas” se ven agravados debido a erróneos diagnosticos y tratamientos inadecuados creando traumas y trastornos que en realidad, en una buena parte de estos casos, no existían. Este material e investigaciones no son nuevas sin embargo en español recién ahora tenemos acceso a ellas. Probablemente por eso nos sorprenda. No es que me guste opinar sobre este tipo de hechos tan drásticamente sin embargo se ha hecho realmente necesario…

Extracto: … De cierta forma, los padres están predestinados a tener esta calidad de relación. De este modo, se abren al peligro de caer en una actitud defensiva no diferenciada en contra de cualquier preocupación (incluso justificada) de parte de personas externas, pues tienen una sensación virtualmente clarividente de la entidad genuina del niño, que está aún oculta y es vulnerable. Pero ese peligro puede evitarse haciendo caso omiso a los motivos y actitudes de las aportaciones de terceros y sólo escuchando a aquellos que carezcan de intereses personales y posean neutralidad y un interés generoso y genuino. Tales personas respetarán incuestionablemente el hecho de que están en déficit en el área del conocimiento subliminal del niño con respecto al conocimiento de los padres 22 . Uno puede distinguir este tipo de matiz en la actitud. No obstante, con mucha frecuencia nos encontramos con el problema opuesto, en donde los padres no tienen idea del rol privilegiado que tienen como personas irremplazables en la confianza del niño y como “iniciados”. Así que la posibilidad de hacer algo desde ese rol queda sin cultivarse. La persona que el niño elige como el participante más cercano en su destino no se da cuenta de la relevancia de su posición, así que lo que pasa es que muchos padres “aceptan voluntariamente los juicios que el niño recibe de parte de otros, como pueden ser los maestros de jardín de niños o primaria” y, continúa Ursula Nuber, “quieren que el comportamiento de su hijo sea alterado y mejorado de acuerdo a estas demandas. En lugar de colocarse con seguridad y certeza al lado de su hijo difícil, aceptan con ingenuidad el prejuicio dañino”. Sin embargo, aquí en particular, sería importante tomar en serio la forma en que Jirina Prekop y Christel Schweizer expresan la relación padre-hijo por medio de la encantadora imagen de la relación entre huésped y anfitrión, “Como huésped, el niño debe sentirse siempre amado, debe ser comprendido y debe poder confiar en sus anfitriones. Bajo su protección, aprende a lidiar con los miedos y a superar las crisis y la resistencia”. Que no se mal interprete: no quiero reprender a los padres, mucho menos unirme al coro de aquellos que desde el inicio interpretan cualquier signo de sufrimiento del niño en el mundo como el resultado de una crianza deficiente o la falta de amor de sus padres. Por el contrario, estoy intentando alentar a los padres a asumir con gratitud el privilegio a ellos destinado y a defenderlo con valor frente a la arrogancia de la omnipresente “pedagocracia” (dominio de los expertos en niños y de los especialistas en disfunción con títulos académicos 23 ). Esto no quiere decir que sería un error recibir asesoría pedagógica de un experto o ayuda terapéutica para un niño. Uno puede recurrir a la persona adecuada en la agonía de las propias crisis de orientación sin renunciar en lo más mínimo a su propia autoridad. Pero si la persona a quien le pido que me apoye actúa como si estuviera más familiarizada que yo con el mundo de mi alma, y de ese modo trae su experiencia de forma intimidante y me degrada a la categoría de un ignorante o de plano de tarado con respecto a mis asuntos más íntimos 13n , entonces hay dos posibilidades: o me someto al veredicto de que soy incompetente y dejo entonces de creer en mí mismo y me permito que me dominen de ahora en adelante o prohíbo terminantemente este tipo de “ayuda” y dejo en claro que si bien solicito el apoyo de alguien por el momento porque me siento desdichado, soy –por mucho– el mayor experto en mi propia vida. Lo mismo vale para los padres de los supuestos niños difíciles. Ellos son los expertos. El destino los ha conducido a una tarea especialmente demandante. Estarían en falta respecto a la consciencia de su responsabilidad en esta tarea si no buscaran un intercambio de pensamientos con otros que estén activos en la misma área o una similar. Esto es lo que distingue lo competente de lo amateur, así como el agobiarse de vez en cuando con las dudas y el miedo al fracaso. De hecho, la actitud petulante de saberlo todo, en todo momento, es un signo inequívoco de charlatanería. Esto va para asesores educativos, maestros y especialistas en los asuntos de la niñez, por lo menos tanto como para los padres. Pero por desgracia, la pedagocracia antes mencionada es un acontecimiento enorme y elitista que excluye a los verdaderos expertos, es decir, a los padres. Los colocan en el papel de clientes desde el principio, como si la paternidad en y por sí misma fuera un predicamento que debiera recibir tratamiento. De modo que los padres asumen su llamado con la sensación de que no están calificados en lo absoluto para llevarlo a cabo. Y es ésta misma sensación la que les transmite la sociedad.

Los padres no hacen a sus hijos, pero sí son las personas más importantes en la vida del niño. El trabajo educativo puede consistir (y ocurrirá cada vez más) en utilizar la intuición para recibir los impulsos adecuados hacia la acción, para que cuando las almas de los niños miren los senderos de sus vidas cargados de obstáculos, sean conducidas por la pregunta: ¿Dónde encuentro el mejor estímulo para ayudarme a dominar los retos y dificultades que me esperan? En muchos casos, la tragedia actual no consiste en que los padres de los niños supuestamente difíciles sean los padres equivocados, sino en que son los padres correctos y no lo comprenden debido a las formas de pensamiento que predominan. De suerte que los padres pueden desarrollar sentimientos de culpa que los paralizan si su hijo tiene dificultad para orientarse en las circunstancias terrenales, y en realidad todo depende de que puedan hacerse conscientes de su llamado a aliviar y a calmar las dificultades al comprenderlas. (Steiner y Montessori llamaron a este tipo de dificultades “conflictos de encarnación”.) La agudización casi desesperada de muchos de los malentendidos en la relación entre padres e hijos surge de esta falta fundamental de toma de consciencia. Mas en el libro…

Enlace al libro completo compartido por http://www.waldorflibrary.org https://drive.google.com/file/d/1nch2ph3mpkCQzTLnR95FdDEviC_xx98P/view?usp=drivesdk

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