Artículo de Michaela Gloeckler “Dime, y lo olvido; enséñame, y lo recuerdo; involúcrame, y lo aprendo.” Educación para la libertad

Educación para la libertad

Dra. Michaela Gloeckler

La pedagogía Waldorf se propone educar cuerpo, alma y espíritu. Podemos preguntarnos entonces: ¿De qué manera se integra en estos tres planos la meta de la libertad?

Es absolutamente evidente que en los primeros años de vida, en los cuales el cuerpo ocupa un primer plano en el desarrollo (y con él sobre todo el sistema nervioso y los órganos sensorios), deberán ocupar un primer lugar la libertad de movimiento, la inteligencia sensorio-motriz, la inteligencia corporal en desarrollo. Esto significa, a su vez, que todo aquello que aquieta a los niños es un impedimento para el desarrollo y por lo tanto es un impedimento de la libertad. Un niño pequeño no debería estar sentado frente a una pantalla, jugando juegos “virtuales”, sino corriendo de aquí para allá, ejercitando su motricidad. Ese tiempo en el cual él es mero espectador, es tiempo perdido para él.
La activación motriz es, pues, el gran leitmotiv en los primeros nueve años. En ellos hay que crearles ámbitos de vida, de trabajo y desarrollo, donde puedan moverse de múltiples maneras, con libertad y destreza. La base de toda educación en libertad es la vivencia de libertad como sensación y ésta se obtiene en ocasión del libre movimiento. Ésta es la razón por la cual las danzas y los deportes que impliquen un libre despliegue del movimiento son tan queridos, ya que en estas actividades nos sentimos corporalmente libres. La libertad de movimiento es la base para la educación para la libertad. Por ello también le corresponde tanta importancia a la euritmia, como medio para ejercitar modelos de movimiento que no se producen normalmente en el deporte y en el desarrollo habitual de la motricidad, y que le otorgan una mayor inteligencia al cuerpo.
En la segunda etapa, entre los 9 y los 16 años, tiene lugar la maduración anímica. Es el momento del cultivo de las relaciones y el habla. En ese período el ser humano debe adquirir otra libertad, la cual tiene dos aspectos: el de brindarle una libre expresión a los demás, al aceptarlos, comprenderlos, y el de reclamar libertad para nosotros mismos, al expresarnos con libertad, abiertos y sinceros. Es la época en que el alma se ejercita, liberándose de toda clase de temores, presiones y simulaciones. El encuentro claro, valiente y abierto es lo que la educación debería ofrecer a los niños y a los jóvenes.
Con los niños pequeños, en cambio, no deberíamos hablar demasiado, por el hecho de que quieren ejercitar su motricidad y esto lo hacen cuando nosotros mismos estamos activos. Por esa razón, en los primeros años es tan importante la educación no-verbal. Se activa al cuerpo mediante el ejemplo de los adultos en actividad. De esa manera se está practicando educación para la libertad. Si a los niños pequeños les explicamos todo, imitarán las largas charlas, pero no harán nada; mientras que, si el adulto actúa, ellos aprenderán a actuar. Ése será el fundamento para la posterior libertad de la voluntad.
Cuando el niño deja de resolver los conflictos rasguñando, mordiendo y golpeando, cuando comienza a hablar, cuando el diálogo a través del lenguaje físico, que es completamente normal en los primeros 9 años, se va tranquilizando en quinto y sexto grado, comienza la cultura del verbo. Ha llegado el momento para las charlas. Se desarrolla entonces la libertad anímica, que es la libertad de hablar y de escuchar.
Luego, entre los 12 y los 20, o los 16 y los 20 (eso oscila según el grado de madurez de los jóvenes) llega la libertad de movimiento espiritual que tiene dos posibilidades para su desarrollo: una consiste en que al joven se le formulen preguntas adecuadas que incentiven su pensar. Ahora el diálogo es la forma ideal para la educación, ya sea formulando preguntas para elaborarlas luego conjuntamente con el joven, o buscando las auténticas preguntas, estimulando la actividad propia, antes de adicionar luego nuestro comentario. Éste es uno de los aspectos.
El otro aspecto consiste en lograr que los jóvenes capten los grandes nexos que existen en el mundo. Saber pensar implica poder ordenar los pormenores dentro de un contexto general. Inteligencia es poder establecer la correcta referencia. Muchas personas son muy listas, pero carecen de una visión de conjunto Justamente Internet educa a la búsqueda selectiva de las cosas, o también a delegar muchas cosas. Cuando se conocen los grandes contextos, las religiones mundiales, las evoluciones, las clases sociales, determinadas cuestiones evolutivas de índole cultural y social, entonces se aprende a relacionar los hechos menores que nosotros vivenciamos con esos aspectos mayores y de esta manera se adquiere un pensar creativo, espiritual, así como la capacidad de juzgar y evaluar. El pensar cobra independencia cuando aprendemos a ordenar lo aprendido a cada instante, pudiendo relacionarlo de modo individual con cualquier acontecimiento. Entonces se genera libertad espiritual – lo opuesto al dogmatismo – por el hecho de ir estableciendo constantemente las referencias correspondientes.

¿Cuál es el leitmotiv que guía estas etapas educativas de liberación física, anímica y espiritual? Es la pregunta: ¿Quién soy yo? Al preguntarnos cuándo en la vida nos hemos sentido más humanos, dónde nos hemos sentido más convocados en lo más hondo de nuestro ser, cuándo tuvimos la sensación: “Ésta es la forma más bella de ser hombre”, llegamos a los tres aspectos claves de la existencia humana:

1. Libertad. Entre la libertad mía y la libertad de los demás, se desarrolla la cultura humana.
2. Amor. Todo recién se torna verdaderamente bello, cuando interviene el amor. Podemos hartarnos de todos los sentimientos. Solamente el amor puede continuar eternamente como sentimiento. No podemos ejercer siempre el amor corporal, eso es completamente evidente; pero amor en todos los ámbitos es el sentimiento que puede acrecentarse indefinidamente, del que nunca podemos saciarnos ni hartarnos y que acciona sobre todos los demás sentimientos, ordenándolos, regulándolos.
3. Veracidad. Cuando entre los hombres impera la falta de honradez, de sinceridad, se percibe como algo ciertamente deshumanizado, comparable al acto desprovisto de amor, al acto de avidez por el poder.
Nuestro propio ser, el yo, se expresa mejor con veracidad en el pensar, con amor en el sentir y con libertad en la voluntad. De esta manera vivenciamos la competencia del yo, lo esencialmente humano, en estas tres cualidades básicas del ser. Podemos entender entonces que no es imaginable la libertad sin el amor y sin la honradez, como tampoco el amor sin libertad, ni la verdad exenta de amor.
A partir de una postura fundamental de esta índole, en la que estamos trabajando en la realización de nuestro propio ser, aprendemos al mismo tiempo lo más importante, necesario para la educación hacia la verdad: el respeto frente al otro. Eso en realidad se desarrolla del modo más saludable dentro de la educación religiosa. Dado que la religión siempre tiene que ver con la relación con nuestro propio ser, buscamos la relación con el mundo, con la belleza de la naturaleza, con otros seres humanos, con aquello que se manifiesta espiritualmente. Cuando los niños vivencian que tenemos respeto, que tenemos veneración frente a ese mundo suprasensible del que proceden los ideales, pensamientos puramente espirituales, eternos, y que el propio ser es tan eterno, tan puro e indestructible como esos pensamientos, cuando los niños vivencian eso, están vivenciando en el adulto lo esencial, lo sustancial y esto infunde, por si mismo, un saludable respeto. Y el adulto debería tener el mismo respeto frente al niño.
Por ende el nervio fundamental de una educación para la libertad consiste en abrirnos hacia el ser, hacia lo esencial, trabajando con veracidad y amor y buscando la conexión con algo superior.

Extracto de “Erziehung heute: Freiheit oder Grenzen setzen”, aparecido en
Medizinisch-Paedagogische Konferenz, Número 25, mayo de 2003

La autora, Michaela Gloeckler, es directora de la Sección Médica del Goetheanum

“Dime, y lo olvido; enséñame, y lo recuerdo;
involúcrame, y lo aprendo.”

(Extraído de la revista El Puente – Colegio Rudolf Steier – Bs. As.)

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